La peste

2 10 2009
La peste

La peste

Título: La peste
Autor: Albert Camus

Entregado: 30 de mayo, 2006
Devuelto:

Guia de lectura (PDF) elaborada por la Biblioteca

Comentario por Margarita Ramírez Montesinos (Club del Martes): No es una novela sino una crónica; la de la generación que ha vivido la guerra. Ya no da aquí testimonio de su descubrimiento personal del absurdo durante la crisis de Calígula, sino de esa inmensa ola de dolor que sumergió al mundo a partir de 1939. Se convierte en fervoroso y auténtico cronista del sufrimiento de los otros. La Peste se eleva a la categoría de una epopeya. Sin gritos protesta contra la violencia que se ha inferido al hombre.

Un cuádruple simbolismo; epidemia física, que hiere al azar, crece de manera fantástica, burla los esfuerzos de los médicos, disminuye y desaparece. Es además guerra y ocupación. Los doscientos mil oraneses puestos en cuarentena, separados de todo contacto con el mundo de los sanos, simbolizan los doscientos millones de europeos encarcelados física y moralmente por la ocupación. Las falsas noticias, los embrollos del mercado negro, la sed de goce, los odios en las familias, se repiten en la vida de los europeos a los largo de cuatro años de ocupación.

Con el tercer simbolismo pasamos a un plano más profundo, el del mal y sufrimiento en el universo. Los inocentes sufren: la muerte del hijo del juez Othon encarna el silencio de Dios. Es el extremo más paradójico del problema del mal en el mundo. El último simbolismo de la peste trae una nota nueva. El mal de la peste no es solo el sufrimiento de los inocentes, es también el mal moral.

Cottard, un criminal, es perseguido por la policía. Cuando estalla la peste el desorden se instala en la ciudad. Las guerras hacen salir de los escondrijos en que se oculta a una hez de la población que se aprovecha del desorden para pescar en aguas revueltas.

Tarrou representa un nuevo tipo de hombre. Con él, el tema del mal moral, el que los hombres se infringen los unos a los otros, llega a su mayor profundidad. Su muerte es la del santo desesperado[1].

En la descripción de la peste de Atenas, durante la guerra del Peloponeso, Tucidides anota: los hombres, no sabiendo qué hacerse, dieron en despreciar por igual las leyes divinas y humanas. Todos los ritos antes seguidos para enterrar fueron trastornados y enterraban como cada cual podía. Muchos incluso acudieron a impíos modos de enterrar…a causa de que se les habían muerto muchos parientes: iban a las piras de los otros, adelantándose a los que las habían apilado, y unos ponían encima su muerto, mientras que otros echaban desde arriba el suyo cuando se estaba quemando otro y se iban.

Además, la epidemia fue para la ciudad el comienzo de un mayor desprecio por las leyes. Pues la gente se atrevía más fácilmente a lo que antes encubría cuando lo hacía para satisfacer su gusto, ya que veían que era repentina la mudanza de fortuna entre los ricos que morían de repente y los pobres que nada poseían antes y al puntoeran dueños de los bienes de aquellos. De esta forma querían lograr el disfrute de las cosas con rapidez y con el máximo placer, pues consideraban efímeras tanto las riquezas como la vida…   Se tuvo por noble y útil lo que era placentero ya de por sí y lo que resultaba provechoso para su consecución de cualquier modo que fuera[2].

Sipnosis: declaración de la epidemia, separación de los contaminados, abstracción del dolor, impiedad (falta de amor). Sermón; la peste un azote. La religión ocupa un lugar absurdo. Imposible justificar con el sufrimiento de los inocentes. El dolor humano no se puede combatir. La peste es la vida. Cada uno metido en su túnel. Solo en la solidaridad hay esperanza.

Camus como mucho antes Homero describe La Bajada a los infiernos de sus héroes: Entraron al fin en el estadio. Las tribunas estaban llenas de gente, pero el terreno estaba cubierto por varios centenares de tiendas rojas, dentro de las cuales se veían catres y morrales. Se habían reservados las plataformas para que los internados pudieran guarecerse del calor o de las lluvias….La mayor parte de los interesados estaban en las tribunas, otros erraban por las gradas. Algunos estaban sentados a la entrada de su tienda y paseaban sobre las cosas una mirada vaga. En las tribunas, algunos estaban tumbados y parecían esperar.

            -¿Qué hacen durante todo el día?- preguntó Tarrou a Rambert.

            -Nada.

Efectivamente, casi todos llevaban los brazos colgando y las manos vacías. Esta inmensa asamblea de hombres era extrañamente silenciosa.

            -Los primeros días, no podía uno entenderse aquí- dijo Rambert-, pero a medida que pasa el tiempo van hablando cada vez menos.

            Según sus notas, Tarrou los comprendía, y los veía al principio metidos en sus tiendas ocupados en oír volar las moscas o en rascarse, vociferando su cólera o su miedo cuando encontraban orejas impacientes. Ahora no les quedaba más que callarse y desconfiar. Había una especie de desconfianza que caía del cielo gris, y, sin embargo, luminoso, sobre el campo rojizo.

…Todos los que Tarrou observaba tenían miradas errantes, todos parecían sufrir de la separación de aquello que constituía su vida. Y como no podían pensar siempre en la muerte no pensaban en nada. Estaban vacantes. “Pero lo peor, escribía Tarrou, es que están olvidados y lo saben.      


[1] Charles Moeller. Literatura del siglo XX y cristianismo. El silencio de Dios. Tomo I

[2] La guerra del Peloponeso libro II 52, 53.

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