El camino

1 10 2009
El camino

El camino

Título: El camino
Autor: Miguel Delibes

Entrega: 9 de octubre, 2007
Devolución: 30 de octubre, 2007

Consulta la guía de lectura (PDF) que ha elaborado la Biblioteca

Comentario de Margarita Ramírez Montesinos (Club del Martes): “Para mí una novela es una historia encaminada a explorar las contradicciones que anidan en el corazón humano, y, por tanto, requiere, al menos, un Hombre, un Paisaje y una Pasión”. El Camino cumple perfectamente estos tres requisitos del autor. Hay un despliegue sucesivo del paisaje y paisanaje con pasiones entrecruzadas. El marco donde se desarrolla la acción es un paisaje que va seduciendo al lector por la lírica de sus descripciones. Las abundantes prosopopeyas convierten al paraje en un personaje más de la narración: “Locomotora y grillo evidenciaban, al salir de sus agujeros una misma expresión de jadeo, amedrentamiento y ahogo, “su valle, donde había nacido…era una gran olla independiente absolutamente aislada del exterior. Y, sin embargo, no era así, el valle tenía su cordón umbilical, un doble cordón umbilical, que lo vitalizaba, y al mismo tiempo, lo maleaba: la vía férrea y la carretera. Ambas vías atravesaban el valle de sur a norte, provenían de la parda y reseca llanura de Castilla y buscaban la llanura azul del mar. Constituían, pues el enlace de dos inmensos mundos contrapuestos”. La pintura de la naturaleza es una libación a los sentidos. Al sentido de la vista: En primavera y verano Roque el Moñigo y Daniel el Mochuelo, solían sentarse, al caer la tarde en cualquier leve prominencia y desde allí contemplaban, agobiados por una unción casi religiosa , la lánguida e ininterrumpida vitalidad del valle. “La vía del tren y la carretera dibujaban en la hondonada, violentos y frecuentes zigzags; a veces se buscaban, pero siempre, en la perspectiva, eran como dos blancas estelas abiertas entre el verdor compacto de los prados y los maizales(…) Al sentido del tacto; “En las tardes calurosas de verano, los tres amigos se bañaban en la Poza del inglés. Constituía un placer inigualable sentir la piel en contacto directo con las aguas, refrescándose”. Al sentido del olfato: los plurales olores de las plantas aromáticas del valle, (también el olor a queso confundido con el agrio olor de las cuajadas de la casa del Mochuelo) “A Daniel le placía aquel olor a leche fermentada, punzante y casi humano”. Al sentido del oído; el trino de los pájaros, y también el tañido de las campanas; Daniel el Mochuelo, acostumbraba a dar forma a su corazón por el tañido de las campanas: el repique del día de la Patrona, o los tañidos sordos, opacos del día en que enterraron a Germán el Tiñoso. La novela es la evocación que realiza Daniel, el Mochuelo de las correrías con sus amigos la víspera de su viaje a la capital para estudiar el bachillerato y, junto a las correrías, revivirá las andanzas de la gente sencilla de la aldea. El trío del Mochuelo, del Moñigo y del Tiñoso constituye la columna vertebral de la narración. Con el despertar de la adolescencia descubren el miedo cósmico; “también a mí me dan miedo las estrellas y todas esas cosas que no se abarcan nunca”, confesó Roque el Moñigo a Daniel el Mochuelo; los secretos de la vida; “¿ Quien trae los niños, entonces?: el parir, respondió seco y rotundo Roque el Moñigo; la maternidad: “el saberse, pensaba el Mochuelo, consecuencia de un gran dolor y la coincidencia de que ese gran dolor no lo hubiera esquivado su madre porque deseaba tenerlo precisamente a él”; la compasión del prójimo, cuando Mica les perdona el robo de las manzanas; el erotismo: “Dios mío -pensaba el Mochuelo- esto es más de lo que yo había imaginado”, y se puso rígido y como acartonado e insensible cuando ella (la Mica) le acarició con su fina mano el cogote; el amor: – Uca-uca… dijo, al fin el Mochuelo, no dejes a la Guindilla que te quite las pecas, ¿Me oyes? ¡No quiero que te las quite!; y la muerte. La muerte ya la habían conocido en los adultos: muerte por accidente, por suicidio; el suicido de la Josefa tras la boda de Quino el manco, muerte por enfermedad; -no la lloréis- les dijo la Guindilla mayor, – ha muerto por desidia, muerte de parto; la muerte de la madre de Roque el Moñigo. Pero, sobre todo, fue la muerte de su amigo el Tiñoso, lo que les hace tomar conciencia de ella. “Los niños también mueren”. “Vivir era ir muriendo cada día, inexorablemente, poquito a poquito”, reflexionaba Daniel mientras velaba a su amigo. Paralela a la historia de los párvulos, y a la vez, contrapuesta como el paisaje, se desliza la historia, repleta de tierno humorismo e ironía, de los adultos carentes de su fantasía y de sus ensoñaciones, habitantes de “un pueblecito, pequeño retraído y vulgar”. Un pueblo ferozmente individualista cuyo individualismo lo rompían los mozos y las mozas los sábados por la tarde para su disfrute en pareja. “Es lástima que vivamos uno a uno para todas las cosas y necesitemos emparejarnos para ofender al Señor”, comentaba D. José el cura, que era un gran santo. Don Ramón, el alcalde no mentía cuando afirmaba que cada individuo del pueblo preferiría morirse antes que mover un dedo en beneficio de los demás ya que preferían no asfaltar la plaza antes que les aumentasen los impuesto. Delibes va desgranando la galería de sus personajes con un tierno humor: incluso la Guindilla, la espada de Yavé, la moralista, mujer de intensos escrúpulos religiosos, el martillo de la fe, la cotilla, tiene su corazón. A lo largo de la narración el autor va amando, engarzando a unos y a otros por lazos entrañable de cariño y de piedad, no juzga, comprende. No pueden ser otra cosa de lo que son. Hijos de su terruño, encerrado en el valle como en una olla, limitado y pobre, con los recuerdos cercanos de una guerra civil. Hay una contraposición intensa entre el mundo de los párvulos, soñador, fantástico, y el realista y mísero de los adultos. Y en la víspera de su viaje a la capital Daniel, el Mochuelo se siente víctima de la ambición, de la decisión de su padre de convertirlo en un hombre de provecho porque presiente que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado. En definitiva, ni en el mundo de los adultos cegados por la necesidad ni en el mundo de los párvulos, obligados a obedecer, existía el libre albedrío. Y ese era el único vínculo, el cordón umbilical que los unía, como en el valle, la vía férrea con carretera.

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